Las válvulas del tornado

para las chicas con peligro...
Habías adquirido la costumbre de vender tu corazón todos los fines de semana. Y no es que a mí me molestase, porque siempre parecías recuperarlo todos los lunes. O te hacías uno nuevo con los restos de la lluvia, que para eso están llenos los amigos de alcantarillas que te recogen las aguas personales. El caso es que era inevitable ver venir el jueves por la noche y asomarse a tu habitación, y encontrarla preñada de libros de carnicería, chairas y trocitos rojos esparcidos por el suelo, contigo en medio decidiendo qué lote iba esa noche en el menú. Me mirabas de reojo, pasa, ayúdame a decidir entre la mitral y la tricúspide, cómo puedo colocar los ventrículos para que resulten más apetecibles. Luego te preparabas antes de salir: un poco de sonrisa junto al lacrimal, unas pestañas perfectas, unos puntos de maquillaje en las uñas para cuando llegase el momento de echar la mano al pecho. Que llegaba, claro, siempre había una mirada descarada escalándote el ombligo, apretando el paso desde tus costillas para llegar en el momento adecuado, unas manos que rozándote la cadera calculando la distancia al quinto espacio intercostal, un comprador dispuesto y debidamente elegido por tus índices. Y siempre había música alta en tu cuarto cuando el resto llegábamos solitarios a las siete de la mañana.
Te levantabas el día siguiente como se levantan las abejas reinas: tarde, orgullosamente solitaria y sonriente, y cocinabas para todos las partes más tiernas de tu amante. Te encantaba, para qué engañarnos, describirnos su lomo, el que habías marcado a mordiscos hasta que estuvo en su punto. En su punto final, claro, en el de semanas de mensajes sin respuesta y puertas cerradas. Hacías recuento de cada uno de los pedazos en que habías dejado rotas sus costillas, a la vez que sazonabas la historia con los silencios necesarios como para dejarnos con la boca abierta de hambre, sobre todo cuando asegurabas entre risas que si se deja demasiado tiempo la cocina encendida, estalla la sopera.
El viernes se repetía el ritual porque la sangre sólo tarda 23 segundos en recorrer el cuerpo entero, y porque habías echado mano del swap, el leasing y demás instrumentos financieros y tu corazón volvía a estar en perfectas condiciones para ser vendido. Porque habías escalado hasta el fondo de tu armario y habías encontrado la cajita que guardaba los viejos libros de recetas, y porque en el amor, en la guerra y en el estómago sólo hay tregua durante los juegos olímpicos. Además era viernes, qué ibas a hacer con doscientos cincuenta gramos agarrados al pecho durante una noche interminable.
Y de nuevo la música, y de nuevo las mañanas perdidas y de nuevo las recetas de cocina sobre el mantel del mediodía.
Pero el sábado, irremisiblemente, el sábado por la noche te enamorabas. El ritual era el mismo, la noche comenzaba igual que el jueves y el viernes, pero en un momento determinado, perdías el corazón, los papeles y cualquier tipo de brújula que tratábamos de adosarte a las neuronas. Nadie alcanzaba a comprender muy bien por qué. Quizá porque la bolsa se desplomaba, quizá por una miocarditis estacional que dejaba sin respuesta durante esas horas. Quizá simplemente porque tú no eras una de aquellas que sólo se preocupan del sexo, como siempre argumentabas, o porque en el fondo lo que tenías detrás del pulmón izquierdo era una piruleta roja y severamente dulce, se te llenaban las pupilas de carnavales eléctricos y de patinadores sobre hielo y de cines al aire libre y perdías el sentido de la oferta y la demanda, y perdías tus ahorros en el banco de cualquier niño malo, siempre eran niños malos, y terminabas apostando los restos de tu corazón contra las mismas cucharas que habías utilizado hasta entonces.
Así que al final llegaba el domingo y el domingo era demasiado tarde para llamar a los camiones de bomberos. Y el domingo era una mochila llena de Carduran que te administraba con el cola cao mientras you say you’re having little heart attacks, that’s all you say, mientras trataba de solucionar tus cardiopatías y de estabilizar mis constantes en el ojo del tornado. Que es precisamente la parte en la que no se mueve nada. Que es el lugar más triste del universo para verte vender tu corazón. Esos domingos pasábamos la tarde respondiendo las preguntas de anatomía del Trivial, lamentándonos de las ocasiones perdidas y desangrándonos.
Y no es que a mí me molestase que lo hicieras. Llorarme sobre la espalda, por supuesto que no, porque me mantenías caliente la espina dorsal. Venderlo, quiero decir, no, en el fondo no me molestaba. Lo que me fastidiaba de veras era llegar a cada fin de semana sin haber ahorrado lo suficiente.

Comentarios

Elena -sin h- ha dicho que…
Mi profesor de microeconomía me enseñó una tarde de viernes que es posible comprar corazones sólo con esconder la mirada en la mesa...deberías probarlo, quizás funcione ;) o quizás ya haya funcionado :)
E ha dicho que…
Hala, cómo me ha gustado... Hala... pero cuánto, cuánto.

Ésta va a la pared, encima de la almohada, y al lado un cartel que diga 'Segunda Rebaja'.

Un abrazo desde el laboratorio de letras.
Miss Kubelik ha dicho que…
Hipotéquese y sírvase a la mesa ;)

(Delicioso)
alZhu ha dicho que…
Me ha encantado. Qué decir.
el_hombre_que ha dicho que…
*Sherezade: es lo que tiene la microeconomía, se centra tanto en el comportamiento personal que acaba rayando la impudicia...
*Maga: pues encima de tu almohada se tiene que vivir fenomenal, qué bien
*señorita kubelik: ...y que aproveche...
*alzhu: que repetirás :) gracias!
Anónimo ha dicho que…
antes de leer tanto tanto que promete (no sólo porque esté aburridísima en el trabajo, créeme) te insto a que me regales un texto de los tuyos. Publico un nuevo fanzine. El primer número sale en marzo y tiene como tema He visto cosas que vosotros no creeríais, formato A-5 y horizontal... Me encantaría contar contigo y que me mandases algo el próximo miércoles (22 de febrero)... ya me dirás si sí o si no... ahora me dispongo a leerte,

Atentamente,

la muñeca rota o como quiera que sea que me reconozcas...
Anónimo ha dicho que…
Yo también fui una cocinera de corazones, alguien que salía noche tras noche a beberse la luna, las lágrimas y a buscar unos ojos en los que verse reflejada...

Eso sí, sin dar una tregua al amor. Sólo para demostrarame que estaba viva, que podía hacer sentir y que podía sentir, aunque no quería.
Sólo para que no me hicieran daño, pero para hacerlo yo
Y también tenía unos compañeros que a la mañana siguiente intentaban no imaginarse lo que había detras de la música del fondo del pasillo,del rimel corrido y de las uñas pintadas

Me encantó. Un beso para el hombre que

Nena

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